¡Hola!































Antes era Raquel, pero apenas pude, decidí ser Pía porque casi nadie se llama así. Creo que todos somos diferentes y, ¿por qué no tener un nombre diferente?... Así se van a acordar de mí siempre, por lo menos por mi nombre. Quiero que el mundo sepa que aquí estuve yo, que aquí viví y morí... quiero ser la mamá Pía, la tía Pía, la abuela Pía...

Nací en Cali, cerca del mar, y soy la menor de tres hermanos.
Mi mamá se llama Raquel (desde ahí dejó de gustarme mi nombre), mi papá Joaquín, y se aman mucho. Y es que mi papá ama a todas las mujeres, y tiene mucho amor para darle a todas, pero mi mamá es la más importante. Llevan 31 años de casados y sigue contando... Hoy viven en Juanchaco, en el Pacífico colombiano. Comen mucho pescado con arroz con coco por allá.

Mi hermano mayor se llama Sergio, tiene barba y vive en Nueva York. Tiene una guitarra y se fue para allá a ver qué podía conseguir tocando su música con su grupo. Ahora tiene hasta alguien que los represente y los ayude a darse a conocer. Me gusta la música que hace.

Mi otro hermano se llama Matías, tiene la barba más larga que la de Sergio, parece un náufrago, y está de viaje por Asia. A él le gusta mucho viajar, como a mí, y ya lleva tres meses allá.



Luego sigo yo, la más pequeña. Vivo sola, en un apartamento con vista al mar. Siempre me ha gustado el mar, la playa, el sol, la brisa y el agua de coco. Pero no me gusta el de Juanchaco para vivir, tal vez para pasear. Me gusta más el de Cali, no es tan aburrido como el de mis papás. Ellos ya están mayores y prefieren lugares donde puedan descansar. En las playas de acá hay más cosas para hacer. Te podés relajar si querés, podés conocer gente, tomarte un trago y bailar al ritmo de la música que llega de todas partes.


Vivo con José Hilario, mi perro. Es un Basset Hound y tiene 2 años; son como 14 años de perro, aunque nunca he sabido bien cómo es eso de la edad en ellos. Me encanta el viejo José Hilario, con sus orejas largas, hasta el piso, con la cara caída, como con depresión. Te mira como diciéndote “prestame un cuchillo y me corto las venas ya”. Cada vez que lo veo me dan ganas de darle el cuchillo ese para que juegue con él. Pero me da miedo que se corte una patica o algo así. Por eso mejor le compré uno de mentiritas para que lo muerda y juegue a cortarse las venas. Le encanta el chicle de canela y el olor del eucalipto. Come mucho arroz con pollo y sólo puede tomar leche deslactosada. Cuando nos emborrachamos tomamos vodka o ron y jugamos toda la noche. Es mi mejor amigo, mi bebé.


Amo los atardeceres. Amo cómo el sol se esconde en el horizonte, entre las montañas, entre las casas. Amo ese sol anaranjado, rojo, amarillo, rosado que se funde ante mi vista. Creo que hace que todo sea más feliz, le cambia el color a la vida, como cuando le cambiás el filtro a una Lomo Colorsplash y le das a la foto el color que querés; en este caso, es uno rosado, naranja, lila... una cantidad de colores felices que hacen que te sintás feliz. Lo mejor para mí en esos momentos es subirme al techo de mi casa, con José Hilario, a tomar algo, a escribir un poco de todo, a fumar, a soñar, a ver cómo el viento acaricia los ringletes que tengo ahí pegados, haciendo que parezcan bolitas de colores; a esperar a que caiga la noche azul, también con su magia, su brisa...


Las noches en mi Cali son frescas, tranquilas, acompañadas por el sonido del mar, las olas, el viento. Desde el techo de mi casa podés ver el cielo más estrellado del mundo, podés tocar la luna, y hasta arrancarle un pedacito de queso y comértelo. Eso es lo que hacemos José Hilario y yo cuando nos vamos a beber vodka o ron o vino, o los tres a la vez. Nos embriagamos, hablamos, nos reímos y nos queremos. Disfrutamos de las noches azules del Calitrópico.
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