El recuerdo agridulce de mi Pía...




El día que conocí a Pía supe que mi vida iba a cambiar para siempre. Inmediatamente supe que esa mujer iba a ser inolvidable. La conocí en un bar. Esa noche yo estaba tocando con unos amigos algo de reggae, cuando la vi sentarse en todo el frente de la tarima. Me miraba a los ojos mientras se tomaba una cerveza. Me llamó mucho la atención; no dejaba de mirarme fijamente. Cuando terminamos de tocar, fue directamente hacia donde yo me encontraba. Pude ver al fin sus hermosos ojos negros, su boca roja, su largo y brillante pelo negro, su sonrisa blanca e impecable... Pequeña, morena, delicada y ruda a la vez... ¡Qué mujer tan hermosa!

Hablamos el resto de la noche, de todo y de nada... Y para cuando amaneció, me di cuenta de que estaba enamorado de ella.

Con esta mujer pude conocer la felicidad, el placer en las pequeñas cosas... Cada experiencia, por más insignificante que pareciera, resultaba un completo viaje de sensaciones. Ella y su perro José Hilario eran un caso completo. Algunas veces llegué a pensar que estaban medio locos, porque mantenían en el techo de su casa todo el tiempo. Pero todo eso me encantaba de ella. Ella lo era todo.

Nuestra relación fue perfecta siempre; sentía que era la mujer perfecta para mí, para mi felicidad. Sus palabras, sus expresiones, sus besos, su sexo... Hacer el amor con Pía era como sentir que el cielo se derrite encima tuyo cuando le subís la temperatura al Sol. Y todo ese cielo que se derrite te cae encima y te moja todo y te refresca hasta llegar al punto de extasiarte. Su esencia me llenaba por completo y me hacía el hombre más feliz de la Tierra... Mi “muñeca del rock”... ¡Cómo la extraño!

Algo me decía que las cosas no estaban tan bien como parecía. Sus constantes desapariciones, sus viajes inesperados, sus apariciones con uno que otro golpe, en un brazo, en una pierna, en el abdomen... Me preocupaba. Y no era que yo quisiera meterme en su vida ni nada de eso, porque todo fue muy claro desde el principio y ella siempre quiso ser libre; yo la dejé. El caso es que no comprendía por qué cambiaba tan drásticamente algunas veces. Se volvía una persona seria, nerviosa, callada, ansiosa; como si estuviera ocultándome algo. Lo único que podía hacer era consolarla y esperar a que me decidiera contarme. Nunca lo hizo.

Empecé a tener ciertas sospechas de que existía algún otro hombre en su vida, de que yo no era el único al que quería, y que además le pegaba. “Eso me pasa por dejarla ser tan libre”, pensaba yo todo el tiempo, lamentándome por ser tan ingenuo y tragarme sus palabras. Así pasaron unos cuantos meses, hasta que por fin lo entendí todo.

El día que conocí a Tomás se me vino el mundo encima. Jamás se me habría pasado por la cabeza lo que iba a enfrentar. Era lunes. Después de llamar a Pía unas quinientas veces, decidí ir a su apartamento, para ver cómo había llegado del viaje tras ir a visitar a sus papás a Juanchaco. Cuando llegué toqué la puerta varias veces pero nadie me abrió. Entonces pensé que aún no había llegado, así que cogí la llave que esconde detrás de un ladrillo flojo de la pared y entré para esperarla.

Lo que vi al entrar a su casa me dejó conmocionado: sillas y mesas caídas, tierra de las matas regada por todas partes, papeles rotos, vidrios... Desconcertado, entré a su cuarto y encontré a una Pía derribada, estrujada en la cama. Respiraba con dificultad, sin aliento, tenía rasguños por todas partes y el pelo enmarañado. Me percate de que no tuviera ninguna herida mayor. Abrió los ojos. Apenas me vio me agarró con fuerza y empezó a llorar frenéticamente. Lo poco que podía entenderle era que la ayudara, que no la dejara sola con él, que tenía mucho miedo de que volviera. Yo no hacía más que preguntarle que de quién me estaba hablando, que si la había robado, que quién había entrado... Entonces se olvidó de mi existencia, dio un salto y empezó a gritar y a retorcerse como loca.

Podía escuchar que le gritaba a un tal Tomás. Que la dejara en paz, que se largara de su vida, que se muriera. Todo lo hacía sola, hasta que se desmayó. Y ese fue el dichoso día que vino a aparecer Tomás.

Pasaron un par de meses, y podía ver en ella el deterioro de la enfermedad. No podía ni coger su cámara de lo débil que estaba. Estaba muy deprimida. Pero yo debía regresar al trabajo. Aún no entiendo por qué carajos decidí irme y dejarla sola. Como si José Hilario fuera a cuidarla por mí.

Esa noche quería invitarla a salir, a comer y tomar algo, y luego a caminar por la playa, mientras le cantaba canciones al oído. Me moría por llegar para sacarla, pues no habíamos hablado en todo el día, a excepción de una llamada que hizo en la mañana para decirme que me amaba.

Jamás podré perdonarme por haberla dejado sola el día que Tomás la mató. Porque de haber estado ahí, lo habría impedido y aun la tendría conmigo. Lo único que tengo de ella ahora es su recuerdo, sus fotos y su perro. En José Hilario encuentro toda esa depresión, esa alegría, esa melancolía de la vida, esa locura, esa emoción por las cosas pequeñas pero trascendentales... Ese amor por la vida tal y como era para ella, ni buena ni mala, sólo vida. Tendré que recrear esa esencia cada día de mi vida, hasta que me muera, con lo que me queda de ella...

... Y así todo el mundo sabrá que existió una mujer llamada Pía, una hija Pía, una hermana Pía, una novia Pía, que con su mirada profunda y sonrisa blanca hizo de su existencia un recuerdo agridulce para todos los que la conocimos.
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