Yo, Tomás

Soy Tomás. Soy el novio de Pía. Llevamos ya como dos años y medio. La verdad no estamos muy pendientes de esas cosas; más bien, de vez en cuando, nos da por celebrar que estamos juntos y ya. Me encanta Pía. Siempre me ha encantado, incluso antes de conocerla. La veía todo el tiempo llegar a su casa, subir, bajar, caminar de un lado a otro, beber algo, fumarse un cigarro, tomar una foto, cargar a su perro, comer, desvestirse, rascarse la cabeza, bañarse, dormir, escribir, vestirse, cantar, ver televisión... Aparecer y desaparecer constantemente.

Siempre trataba de chocar “ocasionalmente” con ella cuando tenía la oportunidad, para poder conocernos sin que me viera como un acosador. Por eso, esa noche en que la vi caminando sola por la playa, decidí acercármele, ofrecerle una cerveza y hablar. Conversamos durante horas. Era la persona que me imaginaba, la que había creado en mi mente. La amé de inmediato. Justo cuando salía el sol decidimos ir a su casa a desayunar. Hicimos el amor toda la mañana, hasta quedarnos dormidos. Ya en la tarde me fui, prometiéndole volver a verla.

Desde entonces somos inseparables. Hacer el amor con Pía es como sentirse perdido en un bosque oscuro y frondoso, sin saber qué es lo que te espera y de repente te iluminás por un claro en el que la luz te calienta hasta las entrañas. Sus ruiditos, palabritas, rasguñitos, griticos, mordisquitos... Todo lo suyo hace que me excite más y más. Creo que me he vuelto adicto a ella, a su sexo y a su locura.

La amo de una manera tan intensa que soy capaz de matar por ella. Es sólo mía. Quiero estar junto a ella todo el tiempo, visitarla en sus sueños, comerme su espíritu, su esencia. Siempre estoy presente, así ella no me vea. Mi mente está con ella a donde quiera que vaya. Los únicos momentos en que no sé de ella es cuando le da por subirse al techo de su casa con José Hilario (no sé a qué) está con Gerónimo. Aunque siempre me habla de él. Me cuenta de sus canciones, de sus aburridas charlas, de su aburrido sexo. Conmigo todo es mejor; yo lo sé. Gerónimo no puede darle nada de lo que yo le doy. Lo nuestro es intenso, ardiente, eterno... Todo es acción. Soy yo quien le da sentido a su vida, quien le ayuda a romper la rutina que tiene con ese tarado. Necesito ayudarla a dejarlo; necesito que se vaya de su vida, de nuestra vida.

Lo detesto. Siento que cada vez que se ve con él, llega distinta, rara. Empieza a decir cosas que no tienen el más mínimo sentido, como que todos deberían darse amor, y que en el mundo solo tenía que haber paz. Eso no va a pasar. La gente se odia y en el mundo siempre habrá guerra. Eso me preocupa muchísimo, que ella piense que todo está bien y que puede confiar en todo el mundo, mientras que en realidad no es así. Pero es muy terca; cree que todo es color rosa. Quiero cuidarla, a como dé lugar, así tenga que romper unas cuantas caras, y hacerle entender a ella misma, así sea a la fuerza, cómo son las cosas y que debo protegerla.

Me encanta hacerla reír; me encanta verla feliz, pero por mí, no por el imbécil de Gerónimo. Amo sus dientes grandes y blancos, sus labios rosados templados, sus ojos negos chiquitos de tanto reírse. Amo que ría hasta llorar; amo esas lágrimas felices, porque las tomo y absorbo felicidad; ella me da felicidad. 

No me gusta cuando le da por deprimirse; es como si el mundo se le cayera encima: se asusta, le dan nervios, llora, tiembla, no come, duerme mucho, fuma y bebe mucho... Deja de cantar, de escribir, de tomar fotos... Cambia por completo. En algunas de esas ocasiones me toca usar la fuerza para sacarla de allí. No soporto que se ponga así. Me vuelve loco. Además empieza José Hilario a llorar todo desquiciado, y eso me desespera más. Me toca callarlo. No me gusta pelear con ella, ni con el perro. Pero a veces es necesario.  Una vez le dio por cortarse el pelo y casi la mato, pero luego me di cuenta de que se veía hermosa... Quiero que ella siempre esté feliz, corriendo por todas partes, haciéndome el amor todo el tiempo. A veces pienso que está medio loca, y me dan ganas de partirle la cabeza para que entienda o sacarle el corazón para ver si aprende a no sentirse así... Pero, quién sabe, tal vez el loco sea yo.
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