Camilo...
Me desperté y no tenía idea de en dónde me encontraba… Hasta donde sabía estaba en mi cuarto y tenía mucho sueño, así que creo que me quedé dormida. Cuando abrí los ojos estaba en un lugar totalmente distinto: las paredes totalmente blancas, cables, barrotes, mucha luz, frío, silencio... Me di cuenta de que estaba en una clínica. Me asusté buscando a alguien conocido, que me explicara lo que estaba pasando, pero no podía moverme; estaba amarrada a la cama con unas vendas y tenía un dolor intenso en varias partes de mi cuerpo. Me calmé. Cuando pude relajarme y analizar qué era lo que estaba pasando, me di cuenta de que estaba herida, que tenía un brazo roto, y vendas en las manos y supuse que en la cabeza también, pues sentía una presión en ella.
Como pude me zafé de esas vendas y, con dificultad, me puse en pie. Inmediatamente caminé hacia el baño para verme en el espejo. Los hematomas en la cara, la boca reventada, las vendas en la cabeza, el brazo quebrado… Sabía que debí haber hecho enojar a Tomás. No sé qué fue lo que me hizo pensar que él iba a entender lo que yo estaba sintiendo... Que la vida es una mierda, que la gente es realmente mala, que no vale la pena vivir si no sos completamente feliz. Es o todo o nada. A veces me da miedo la gente. Pero Tomás no entiende eso. Y lo peor, no entiende que yo pueda sentir ese tipo de cosas y se enoja... ¡Qué vaina!
- ¡Hola!
- Hola señora
- ¿Cómo estás?
- Bien, con sueñito... ¿Cómo se llama ud?
- Me llamo Pía... ¿y vos?
- Camilo
...Ese niño me marcó. Desde la primera vez que hablamos ese día sentí que era alguien realmente especial. Creo que fue él quien logró sacarme de esa clínica y así poder salir adelante. Cuando llegué allá estaba tan deprimida que prefería estar en el lugar de Camilo y que él estuviera en el mío, sano, jugando por todas partes, porque un niño tan pequeño no merece morir, sino vivir, reir y ser feliz con su familia. Y eso era lo que más le entristecía al pobre Camilo: no poder darle la felicidad suficiente a sus papás y a su hermana...
...
- No, no creo. Sólo tengo que esperar a curarme y luego me voy otra vez a mi casa. Aunque me gustaría... Ojalá vos estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo... ¿No te da miedo morir como a todos?
- No señora, me da tristeza, quisiera ver a mis papás más tiempo
- En cambio a mi me toca la parte difícil, vivir.
- Puede ser fácil, si quiere.
... Era un niño tan bueno que no le temía a la muerte, ni se escondía de ella. Sólo pedía un poco más de tiempo, no para ser feliz él, sino para darle felicidad a los suyos. Me dieron ganas de curarme y salir rápido de ese sitio, para poder ir a visitarlo todos los días y contarle un cuento hasta que se quedara dormido por un rato. Siempre que iba le llevaba un regalo, y siempre me recibía con alegría, aunque no pudiera expresarla. El día que le regalé el más lindo de mis ringletes, uno de colores, se puds muy contento; lo único que hacía era soplarlo y darle vueltas. Estaba fascinado; parecía que había encontrado en él lo que yo veía todos los días en el techo de mi casa.
Creo que después de todo, convertí a Camilo en un motivo para vivir y ser feliz, en una razón, una excusa para continuar. Porque el día en que murió, ese preciso día, dejé de querer todo eso. Fue como si realmente me hubieran arrancado a un hijo. Quedé completamente devastada al llegar a esa habitación y no encontrarlo. Apenas se lo habrían llevado, porque todas sus cosas seguían ahí. Así que, aprovechando que no había nadie, entré y tomé el ringlete de colores. Creo que era una de las pocas cosas que le ayudaban a recordar el mundo como era afuera. Él era un alma libre, feliz; quería volar, correr por el viento como lo hacen los ringletes, y su espíritu estaba lleno de colores que te alegraban la vida. Lo tomé porque sería lo único que conservaría de él, de su compañía; y me apropié del ringlete tanto como lo hice de Camilo.
Sé que murió tranquilo, porque pudo dar la felicidad que esperaba, pero tal vez era yo la que no estaba preparada para que sucediera tan rápido, la que no quería creerlo y la que estaba empezando a encariñarse y a acostumbrarse a él. Tal vez no le tenga miedo a mi propia muerte, pero sí temía la suya. Él simplemente encontró una compañía temporal mientras llegaba su hora; yo encontré un ángel.
... Era un niño tan bueno que no le temía a la muerte, ni se escondía de ella. Sólo pedía un poco más de tiempo, no para ser feliz él, sino para darle felicidad a los suyos. Me dieron ganas de curarme y salir rápido de ese sitio, para poder ir a visitarlo todos los días y contarle un cuento hasta que se quedara dormido por un rato. Siempre que iba le llevaba un regalo, y siempre me recibía con alegría, aunque no pudiera expresarla. El día que le regalé el más lindo de mis ringletes, uno de colores, se puds muy contento; lo único que hacía era soplarlo y darle vueltas. Estaba fascinado; parecía que había encontrado en él lo que yo veía todos los días en el techo de mi casa.
Creo que después de todo, convertí a Camilo en un motivo para vivir y ser feliz, en una razón, una excusa para continuar. Porque el día en que murió, ese preciso día, dejé de querer todo eso. Fue como si realmente me hubieran arrancado a un hijo. Quedé completamente devastada al llegar a esa habitación y no encontrarlo. Apenas se lo habrían llevado, porque todas sus cosas seguían ahí. Así que, aprovechando que no había nadie, entré y tomé el ringlete de colores. Creo que era una de las pocas cosas que le ayudaban a recordar el mundo como era afuera. Él era un alma libre, feliz; quería volar, correr por el viento como lo hacen los ringletes, y su espíritu estaba lleno de colores que te alegraban la vida. Lo tomé porque sería lo único que conservaría de él, de su compañía; y me apropié del ringlete tanto como lo hice de Camilo.
Sé que murió tranquilo, porque pudo dar la felicidad que esperaba, pero tal vez era yo la que no estaba preparada para que sucediera tan rápido, la que no quería creerlo y la que estaba empezando a encariñarse y a acostumbrarse a él. Tal vez no le tenga miedo a mi propia muerte, pero sí temía la suya. Él simplemente encontró una compañía temporal mientras llegaba su hora; yo encontré un ángel.










9 de octubre de 2009 a las 15:12
Lástima Juli que seas tan irregular para llegar a clases, hay un talento inmenso que si no se trabaja, igual da que esté allí o no. Necesito que estés concentrada en tu historia, en lo que puedes encontrar en el más allá el personaje.