Bah...

Me gustaba más Pía antes de la pelea que tuvimos ese día. Desde entonces la dejé de ver por algún tiempo. Le he dicho mil veces que termine con Gerónimo, pero no quiere. Ese día estábamos tirando delicioso, pero me tenía cansado del tema, porque no le importa hablar conmigo de él todo lo que se le da la gana. Me preocupa, porque eso quiere decir que se está enamorando de verdad, y ella, por más novios o mozos que tenga, al único que puede amar, es a mí. No entiendo por qué tanta lloradera porque le digo que se calle, que me estresa, que no me gusta que ame a otro, que le dije que no se metiera con él porque iba a terminar en otro cuento, que no me hizo caso y que ahora viera las consecuencias. Aparte el condenado de José Hilario lo único que hace, apenas nos ve pelear, es aullarme (porque ni siquiera ladra el muy tarado) y morderme. Me voy desesperando hasta perder el control. Me tocó callarlos a la fuerza porque si no iban a terminar por enloquecerme entre los dos.

En medio de la discusión, llegó el imbécil este y tuve que esconderme. Lo único que hacía era preguntarle cosas: que quién había hecho todo ese desorden, que por qué lloraba, que por qué estaba herida; la abrazaba y besaba mientras ella sollozaba desconsolada (qué tal la cínica esta); la ira me invadió y salí de mi escondite, sin importarme que el tipo me viera. Tenía tanta rabia que la agarré a golpes, por cínica, por perra, por creer que podía jugar conmigo. Cuando quedó inconsciente, simplemente salí sin que me vieran, aprovechando la confusión y el alboroto del otro. Esa fue la última vez que la vi. Ya no la quiero tanto, pero me hace como falta de todos modos...
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Adiós, Pía...

EXT-APARTAMENTO PÍA-TERRAZA-TARDE

Pía, 24, piel morena, de baja estatura, cabello corto y oscuro, facciones delicadas, ojos negros, labios rojos, dientes blancos, pantalón cargo café, blusa blanca holgada, gafas de sol moradas grandes, está recostada en una asoleadora de madera, en el techo de su casa, tipo terraza, lleno de plantas y ringletes, con algunas otras bancas para sentarse. Tiene un cigarrillo en una mano y una copa de vino en otra. José Hilario, perro raza basset hound, color café, blanco y negro, collar negro, la acompaña sentado a su lado.

Pía toma una bocanada de su cigarrillo, cierra los ojos, inhala y exhala el humo de manera pausada, relajada. Abre los ojos y voltea su cabeza para ver a José Hilario, le sonríe. José Hilario la mira con los ojos caídos y tristes.

Pasa una ráfaga de viento por entre las plantas, los ringletes empiezan a moverse con fuerza. Pía coge uno de los ringletes, de colores rosado, morado, anaranjado y verde, que está en un lugar apartado de los demás. Lo levanta y se queda mirándolo fijamente durante un rato.
Pía es interrumpida por un grito seco, que proviene del piso de abajo.

VOZ
¡¡Píaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!

Pía se levanta en un salto, asustada, mira a todas partes y deja el ringlete en su lugar. José Hilario también se levanta y está atento a los movimientos de Pía.


INT-APARTAMENTO PÍA-SALA-TARDE

Tomás, 24, parece mayor de lo que es, piel morena, de mediana estatura, cabello corto y oscuro, barba, ojos negros, dientes blancos, pantalón negro, camisa azul, gafas de ver de marco cuadrado negro, está en la sala del apartamento de Pía, espacio mediano, blanco, con cuadros de fotografías en las paredes, un sillón y almohadones. Tomás llama a Pía a gritos, de manera insistente.

TOMÁS (Grita)
¿Dónde estás? ¡Bajá de allá pues!... ¡¡Que bajés!!


EXT-APARTAMENTO PÍA-TERRAZA-TARDE

Pía se pone más inquieta y mira con preocupación a todas partes, como buscando dónde esconderse.

PÍA (Grita)
¡¿Qué querés?!

VOZ TOMÁS (Grita)
¡Que bajés. Necesito hablar con vos!

PÍA (Grita)
¡¿A qué viniste? No me interesa hablar nada con vos!

VOZ TOMÁS (Grita)
¡Por favor, Pía, te lo pido; bajá...!


INT-APARTAMENTO PÍA-COCINA-TARDE

Pía baja sigilosamente por las escaleras de caracol en forja que van desde el techo hasta la cocina, amplia, tipo integral, en madera, alargada. José Hilario la sigue lentamente.


INT-APARTAMENTO PÍA-SALA-TARDE

Tomás está parado en medio de la sala del apartamento, con las manos en los bolsillos, mira hacia abajo, levanta la cabeza cuando aparece Pía.

PÍA (Con desdén)
¿Qué querés?

TOMÁS
Quiero hablar con vos, por favor. Quiero que me perdonés por lo que te hice.

PÍA (Con desdén)
¿Y pretendés que te perdone así como si nada?, ¿pretendés que te perdone después de que me dejaste como me dejaste y no volví a saber de vos durante tres meses?

TOMÁS
Ve, en serio, me estoy sintiendo muy mal; no te imaginás cómo me he matado la cabeza todo este tiempo, porque sé que la cagué, que perdí el control.

PÍA (Con desdén)
¿Y por eso no apareciste en todo este tiempo?

TOMÁS
Tenía muchas cosas en qué pensar, y creo que vos también...

PÍA
Sí. Tuve tiempo para pensar que sos la persona más egoísta del planeta y que por gente como vos es que se me quitan las ganas de vivir. Vos sos el culpable de todo lo que me está pasando.

TOMÁS (A modo de súplica)
No me digás eso por favor. Yo a vos te amo, y me rehúso a dejarte ir. Vos sólo me podes amar a mí, Pía, a mí. Yo sé que vos también me amás, yo lo sé.

PÍA
No, Tomás. Yo ya no te amo. Cuando te amaba, la cagaste. Vos lo único que hiciste fue pensar en vos, en que yo estuviera ahí para vos siempre, sin importar yo qué quisiera. Y hasta lo acepté, pero lo que sí no te voy a perdonar nunca es que hayas querido matarme.


Tomás empieza a desesperarse, se agarra la cabeza con fuerza y se muestra ansioso.


TOMÁS
¡Pero si las cosas no son así! ¿Por qué no podés enteder que vos tenes que estar conmigo y sólo conmigo, ah?

PÍA
No, Tomás. Yo no voy a estar con vos ni ahora ni nunca. Ahora sólo está Gerónimo; él ha estado ahí para demostrarme que es a él a quien debí amar siempre, y lo ha hecho sin preguntarme nada y sin juzgarme en ningún momento. Él no es como vos.

TOMÁS
¡A mí no me comparés con ese imbecíl; yo soy mil veces mejor que él!

PÍA
¡Pues sí! Para que veas que él me da más de lo que vos me has dado en todo este tiempo.


Tomás entra en un estado de histeria y se torna violento.


TOMÁS
¡¡VOS TE CALLÁS!! ¡¡A MÍ NO ME VENÍS CON ESAS, ¿OISTE?!!


Tomás se abalanza sobre Pía, con los ojos desorbitados y cara de loco. Pía intenta defenderse, pero Tomás es más fuerte que ella y la acorrala en un rincón de la sala. José Hilario aulla con desesperación.


PÍA (Entre gritos y quejas por los golpes)
¡¿Si ves? No has cambiado en nada! ¡Todavía sos un maldito cobarde que no es capaz de aceptar que ha perdido! ¡¡SOS UNA PERDEDOR, UNA ESCORIA!!

TOMÁS (Mientras golpea con fuerza a Pía)
¡CALLATE ZORRA! ¡No merecés ni siquiera que yo esté sintiendo esto por vos; mirá como sufro por vos, y lo único que hacés es irte con ese desgraciado! ¡¡SI NO VAS A ESTAR CONMIGO NO VAS A ESTAR CON NADIE!!


Tomás golpea con más fuerza a Pía, la maldice y lastima. Pía llora, grita desesperada, trata de defenderse. José Hilario aulla con fuerza.


TOMÁS (Frenético)
¡¡MORITE, PERRA, MORITE!!
¡TRAGATE TODAS TUS PALABRAS!
¡YO SOY EL ÚNICO!
¡¡MORITE!!


Tomás continúa golpeando con frensí, hasta hacerla sangrar. Pía se queda sin fuerzas para luchar contra Tomás, queda inerte. Tomás para, mira a Pía fijamente, su respiración se acelera, sus pupilas se dilatan, espera sentado a que Pía despierte. Pía no despierta, yace interte en el suelo. José Hilario aulla desesperado, trata de mover a Pía. Tomás desaparece.
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El Ringlete...

Desde la muerte de Camilo no encuentro nada para hacer. Visitarlo era lo único que hacía, incluso después de que me dieron de alta en la clínica. Los primeros días después del entierro iba a visitarlo una vez por día, pero su familia, al darse cuenta, me lo prohibió; quién sabe, de pronto piensan que estoy loca o algo así... Me pareció muy injusto, pero luego comprendí que era lo mejor para mí también; no ver su tumba me ayudaría a no imaginármelo ahí, acostado, pálido, morado, comido por los gusanos, convirtiéndose en nada… Pensarlo así me haría más daño. Era mejor tenerlo en mi mente como un niño vivo y feliz, y el ringlete que le regalé, y que después volvió a mis manos, era la mejor manera de hacerlo. Ahora está en mi lugar especial, el techo.

La verdad no sé cuánto tiempo ha pasado desde su muerte, pero creo que ha pasado lo suficiente como para acostumbrarme a la compañía de este nuevo “Camilo de Colores”, que me susurra secretos al oído cada vez que el viento sopla sobre sus aspas; que me dice que sea feliz, que vale la pena estar aquí... ¿Un ringlete que habla?... Cualquiera diría que efectivamente estoy loca, pero no es así. José Hilario también lo oye. Nos subimos al techo a hablar, a pensar, a beber, a fumar, a escuchar esas dulces palabras que se pierden en el viento.

Pero no hemos estado solos en esto. Debo admitir que todo ha sido más fácil gracias a Gerónimo; él ha demostrado ser mi luz en estos momentos; ha hecho hasta lo imposible por estar conmigo, por acompañarme... A veces salimos a caminar con José Hilario y mi Camilito de Colores, por la playa, por el viento; a ver si de pronto la sal o la arena pueden curarnos las heridas. Aunque no sé si puedan sanar; puede que los golpes sí, pero no el corazón. Tomás se encargó de desaparecer por completo, después de haber hecho lo que hizo. Sólo dejó una nota diciendo:

“Te lastimé. Ya no me necesitás. Tenés que huir de aquí. Andate con Gerónimo.
Tomás.”

La guardé celosamente, porque no quiero que Gero se dé cuenta de que Tomás existe. Le rompería el corazón. Él es muy bueno como para que yo le haga eso. Con Tomás era diferente, porque él es diferente; es más descomplicado, menos entregado, más dominante, y eso hace que él haya aceptado el hecho de que yo soy libre y que puedo estar con otras personas además de él, mientras mi amor sea suyo. El problema fue que de Gerónimo me enamoré como nunca, y él se enteró... Yo sé que me quiere, y por eso pasó lo que pasó. Creo que se dio cuenta del error que cometió y decidió huir. Cagada. Porque no pienso perder a Gerónimo por nada del mundo, así que jamás voy mostrarle esa carta ni contarle nada de nada. De hecho, me avergüenza admitir que mi novio me pegó, por eso les dije a todos que me había caído por las escaleras; y si me piden explicaciones a mi heridas, pues me hago la que no oigo y empiezo a jugar con mi ringlete mientras los ignoro.
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Camilo...






Me desperté y no tenía idea de en dónde me encontraba… Hasta donde sabía estaba en mi cuarto y tenía mucho sueño, así que creo que me quedé dormida. Cuando abrí los ojos estaba en un lugar totalmente distinto: las paredes totalmente blancas, cables, barrotes, mucha luz, frío, silencio... Me di cuenta de que estaba en una clínica. Me asusté buscando a alguien conocido, que me explicara lo que estaba pasando, pero no podía moverme; estaba amarrada a la cama con unas vendas y tenía un dolor intenso en varias partes de mi cuerpo. Me calmé. Cuando pude relajarme y analizar qué era lo que estaba pasando, me di cuenta de que estaba herida, que tenía un brazo roto, y vendas en las manos y supuse que en la cabeza también, pues sentía una presión en ella.

Como pude me zafé de esas vendas y, con dificultad, me puse en pie. Inmediatamente caminé hacia el baño para verme en el espejo. Los hematomas en la cara, la boca reventada, las vendas en la cabeza, el brazo quebrado… Sabía que debí haber hecho enojar a Tomás. No sé qué fue lo que me hizo pensar que él iba a entender lo que yo estaba sintiendo... Que la vida es una mierda, que la gente es realmente mala, que no vale la pena vivir si no sos completamente feliz. Es o todo o nada. A veces me da miedo la gente. Pero Tomás no entiende eso. Y lo peor, no entiende que yo pueda sentir ese tipo de cosas y se enoja... ¡Qué vaina!  

Volví a la cama. Esperé a que alguien llegara y me dijera qué pasaba. Me aburrí de esperar. Salí a caminar un rato, a ver qué encontraba. Curiosamente no había nadie cerca de donde yo estaba. Parecía que los hubiera tragado la tierra.

Me gustan las clínicas; como que es el lugar previo a la muerte, al dolor. Y la verdad, con “todas” esas ganas que tenía en ese momento, de vivir en esta mierda, me sentía hasta bien caminando por ahí. Podía ver y oír cómo la gente agonizaba desde sus cuartos, llorando porque su muerte se acercaba. No entiendo por qué las personas le tienen miedo a morir. Simplemente es pasar a otro nivel, trascender, liberarse de tanta vaina.

En ese recorrido, curiosamente, conocí a un niño que me llamó mucho la atención. Se llamaba Camilo y tenía siete años. En su cara podía ver la inocencia de los primeros años de vida, interrumpidos por el fantasma de un cáncer terminal. Estaba solo, sentado en la cama, viendo pasar gente. Se le veía agotado, cansado, realmente enfermo. Decidí entrar y hacerle algo de compañía...

- ¡Hola!
- Hola señora
- ¿Cómo estás?
- Bien, con sueñito... ¿Cómo se llama ud?
- Me llamo Pía... ¿y vos?
- Camilo 

... Ese niño me marcó. Desde la primera vez que hablamos ese día sentí que era alguien realmente especial. Creo que fue él quien logró sacarme de esa clínica y así poder salir adelante. Cuando llegué allá estaba tan deprimida que prefería estar en el lugar de Camilo y que él estuviera en el mío, sano, jugando por todas partes, porque un niño tan pequeño no merece morir, sino vivir, reir y ser feliz con su familia. Y eso era lo que más le entristecía al pobre Camilo: no poder darle la felicidad suficiente a sus papás y a su hermana...


- ¿Ud también se va a morir?
- No, no creo. Sólo tengo que esperar a curarme y luego me voy otra vez a mi casa. Aunque me gustaría... Ojalá vos estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo... ¿No te da miedo morir como a todos?
- No señora, me da tristeza, quisiera ver a mis papás más tiempo
- En cambio a mi me toca la parte difícil, vivir.
- Puede ser fácil, si quiere.

... Era un niño tan bueno que no le temía a la muerte, ni se escondía de ella. Sólo pedía un poco más de tiempo, no para ser feliz él, sino para darle felicidad a los suyos. Me dieron ganas de curarme y salir rápido de ese sitio, para poder ir a visitarlo todos los días y contarle un cuento hasta que se quedara dormido por un rato. Siempre que iba le llevaba un regalo, y siempre me recibía con alegría, aunque no pudiera expresarla. El día que le regalé el más lindo de mis ringletes, uno de colores, se puds muy contento; lo único que hacía era soplarlo y darle vueltas. Estaba fascinado; parecía que había encontrado en él lo que yo veía todos los días en el techo de mi casa.


Creo que después de todo, convertí a Camilo en un motivo para vivir y ser feliz, en una razón, una excusa para continuar. Porque el día en que murió, ese preciso día, dejé de querer todo eso. Fue como si realmente me hubieran arrancado a un hijo. Quedé completamente devastada al llegar a esa habitación y no encontrarlo. Apenas se lo habrían llevado, porque todas sus cosas seguían ahí. Así que, aprovechando que no había nadie, entré y tomé el ringlete de colores. Creo que era una de las pocas cosas que le ayudaban a recordar el mundo como era afuera. Él era un alma libre, feliz; quería volar, correr por el viento como lo hacen los ringletes, y su espíritu estaba lleno de colores que te alegraban la vida. Lo tomé porque sería lo único que conservaría de él, de su compañía; y me apropié del ringlete tanto como lo hice de Camilo.


Sé que murió tranquilo, porque pudo dar la felicidad que esperaba, pero tal vez era yo la que no estaba preparada para que sucediera tan rápido, la que no quería creerlo y la que estaba empezando a encariñarse y a acostumbrarse a él. Tal vez no le tenga miedo a mi propia muerte, pero sí temía la suya. Él simplemente encontró una compañía temporal mientras llegaba su hora; yo encontré un ángel.


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Color de la Historia




Todo lo que gira en torno a Pía es alegre, tranquilo, cálido. Su historia, su vida está ambientada por el rosado de las tardes playeras del Calitrópico; está teniñda por tenues filtros morado, magenta, rosado, naranja, amarillo... colores mágicos que alegran sus días.


 

Aun así, sus días tristes están acompañados por el azul de las olas, el gris de las nubes en tormenta, y el frío blanco que congela todo a su paso. En sus momentos de crisis, el ambiente se torna oscuro, ruidoso y pesado; para los demás, todo es de colores oscuros e intensos, mientras que para Pía todo se convierte en una película muda a blanco y negro, con tintes de color rojo.
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Diálogo: ¿Cómo conocí a Tomás?


Nunca se me va a olvidar el día en que conocí a Tomás. El man se me paró al lado y me empezó a hablar así, sin más, como si nos conociéramos de antes.


-Hola.-Se limitó a decir.
-Hola...
-¿Qué más?
-Bien, bien, ¿y vos?
-Bien... Soy Tomás.-Me dijo extendiéndome la mano.
-Mucho gusto. Pía.
Era blanco, de ojos oscuros, barba y pelo negro corto. Apenas lo vi me encantó. Tenía un cigarrillo en una mano y dos botellas de cerveza en la otra. Se sentó a mi lado y hablamos el resto de la noche...
-¿Querés cerveza?
-Vale, gracias.
-¿Qué hacés sola por acá a esta hora?
-No pues estaba sacando a mi perro a caminar.-Me corrí un poco para que viera a José Hilario.
-¡Uy, está genial! Tiene como cara de depresión...
-Sí, es súper tierno. Se llama José Hilario. A veces pienso que se quiere suicidar.-Sonreí.- ¿Dónde vivís?
-Muy cerca de tu casa. Hasta puedo verte salir y todo.
-¿Cómo así?, ¿Ya me habías visto?
-Sí, claro. Desde hace rato te quería conocer. Me llamabas mucho la atención.
-Mmm... Vea pues. ¿Y hoy me viste afuera y saliste corriendo a buscarme o qué?- Pregunté como burlándome.
-No, tampoco. Hoy estaba en un bar con unos amigos y pues te vi pasar sola y sentarte acá, entonces pues pedí dos cervecitas y quise invitarte a un trago.
-Gracias.
-Todo bien.
-Bueno, contame de vos... ¿qué hacés por tu vida, con quién vivís, qué te gusta, sos soltero, casado, separado...?
-¡Jajaja! Bueno, esas son varias preguntas... Primero, qué hago por mi vida: soy fotógrafo. Segundo, vivo solo. Tercero, me gusta tomar fotos, el color negro, fumarme un tinto o un trago. Y cuarto, soy soltero.
-¡Qué coincidencia! Yo también soy fotógrafa, vivo sola, me gusta el color negro y todo lo demás. Nunca había conocido a alguien tan parecido a mí.
-Creo que nos vamos a llevar bien... ¿Querés un cigarro?
-Vale, gracias.

Hubo silencio. Pero no uno incómodo, por el contrario, era algo placentero; como que ninguno de los dos se afanaba por dejar fluir la conversación porque las palabras simplemente salían. Nos limitamos a fumar y a disfrutar del cielo...

-¿Qué haces además de tomar fotos?
-Canto. Me gusta mucho cantar. Y escribir... Y no hacer nada. Me gusta sentir que todo es tranquilo, perfecto. En esos momentos la vida parece más sencilla. Eso me gusta.
-Sos bastante optimista, ¿no?
-Bastante. A veces me dicen que vivo montada en una nube. Jaja.
-Jaja. Eso veo. Eso es bueno hasta cierto punto.
-¿Por qué lo decís?
-Porque vivir en otro mundo te hace olvidar del real. La realidad es más difícil. No todo es perfecto.
-Sí, pero mientras pueda creo que preferiré vivir en el mío. El de afuera es muy cruel.
-Sí, pero esa crueldad nos hace más fuertes, ¿sabés?
-Siempre llego a la misma discusión con todo el mundo. Ya son las 7:30, José Hilario tiene frío. ¿Querés ir a mi casa?
-Listo. ¿Otro cigarro?
-Bueno.

En mi casa comimos huevos y tomamos café. Nos fumamos otro par de cigarrillos, mientras hablábamos en el balcón...
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-Pues será irme a mi casa a descansar...
-Mmm... ¿Querés quedarte a dormir un rato?
-Suena bien... Bueno.
-Vamos a mi cuarto entonces.
-Dame un beso.
-Cogeme una nalga.
-Quitame la camisa.
-Quitame vos la falda.
-Arrancame el pelo.
-Oleme la piel.
-Respirame.
-Comeme.

Así transcurrió el resto de la mañana y parte la tarde. Pude conocer por dentro a ese magnético hombre que lo único que despertó en mí ese día fue un placer inimaginable.
Era sábado, así que podíamos no hacer nada y dormimos el resto del día. Nos levantamos hacia las cinco de la tarde, comimos pizza y tomamos vino.
-Estuvo bueno, ¿no?
-Estás bueno. ¿Querés pizza?
-Bueno, gracias.
-¿Y ahora que vas a hacer?
-Ahora sí me voy a mi casa. Necesito cambiarme para salir más tarde. Gracias por la comida. ¿Nos vemos otro día?
-De nada. Obvio, nos vemos otro día... Que te vaya bien.
-Vale, gracias. Chao.

Cerré la puerta. Y fue así como conocí a mi sensual, inteligente y muy ardiente novio.
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El recuerdo agridulce de mi Pía...




El día que conocí a Pía supe que mi vida iba a cambiar para siempre. Inmediatamente supe que esa mujer iba a ser inolvidable. La conocí en un bar. Esa noche yo estaba tocando con unos amigos algo de reggae, cuando la vi sentarse en todo el frente de la tarima. Me miraba a los ojos mientras se tomaba una cerveza. Me llamó mucho la atención; no dejaba de mirarme fijamente. Cuando terminamos de tocar, fue directamente hacia donde yo me encontraba. Pude ver al fin sus hermosos ojos negros, su boca roja, su largo y brillante pelo negro, su sonrisa blanca e impecable... Pequeña, morena, delicada y ruda a la vez... ¡Qué mujer tan hermosa!

Hablamos el resto de la noche, de todo y de nada... Y para cuando amaneció, me di cuenta de que estaba enamorado de ella.

Con esta mujer pude conocer la felicidad, el placer en las pequeñas cosas... Cada experiencia, por más insignificante que pareciera, resultaba un completo viaje de sensaciones. Ella y su perro José Hilario eran un caso completo. Algunas veces llegué a pensar que estaban medio locos, porque mantenían en el techo de su casa todo el tiempo. Pero todo eso me encantaba de ella. Ella lo era todo.

Nuestra relación fue perfecta siempre; sentía que era la mujer perfecta para mí, para mi felicidad. Sus palabras, sus expresiones, sus besos, su sexo... Hacer el amor con Pía era como sentir que el cielo se derrite encima tuyo cuando le subís la temperatura al Sol. Y todo ese cielo que se derrite te cae encima y te moja todo y te refresca hasta llegar al punto de extasiarte. Su esencia me llenaba por completo y me hacía el hombre más feliz de la Tierra... Mi “muñeca del rock”... ¡Cómo la extraño!

Algo me decía que las cosas no estaban tan bien como parecía. Sus constantes desapariciones, sus viajes inesperados, sus apariciones con uno que otro golpe, en un brazo, en una pierna, en el abdomen... Me preocupaba. Y no era que yo quisiera meterme en su vida ni nada de eso, porque todo fue muy claro desde el principio y ella siempre quiso ser libre; yo la dejé. El caso es que no comprendía por qué cambiaba tan drásticamente algunas veces. Se volvía una persona seria, nerviosa, callada, ansiosa; como si estuviera ocultándome algo. Lo único que podía hacer era consolarla y esperar a que me decidiera contarme. Nunca lo hizo.

Empecé a tener ciertas sospechas de que existía algún otro hombre en su vida, de que yo no era el único al que quería, y que además le pegaba. “Eso me pasa por dejarla ser tan libre”, pensaba yo todo el tiempo, lamentándome por ser tan ingenuo y tragarme sus palabras. Así pasaron unos cuantos meses, hasta que por fin lo entendí todo.

El día que conocí a Tomás se me vino el mundo encima. Jamás se me habría pasado por la cabeza lo que iba a enfrentar. Era lunes. Después de llamar a Pía unas quinientas veces, decidí ir a su apartamento, para ver cómo había llegado del viaje tras ir a visitar a sus papás a Juanchaco. Cuando llegué toqué la puerta varias veces pero nadie me abrió. Entonces pensé que aún no había llegado, así que cogí la llave que esconde detrás de un ladrillo flojo de la pared y entré para esperarla.

Lo que vi al entrar a su casa me dejó conmocionado: sillas y mesas caídas, tierra de las matas regada por todas partes, papeles rotos, vidrios... Desconcertado, entré a su cuarto y encontré a una Pía derribada, estrujada en la cama. Respiraba con dificultad, sin aliento, tenía rasguños por todas partes y el pelo enmarañado. Me percate de que no tuviera ninguna herida mayor. Abrió los ojos. Apenas me vio me agarró con fuerza y empezó a llorar frenéticamente. Lo poco que podía entenderle era que la ayudara, que no la dejara sola con él, que tenía mucho miedo de que volviera. Yo no hacía más que preguntarle que de quién me estaba hablando, que si la había robado, que quién había entrado... Entonces se olvidó de mi existencia, dio un salto y empezó a gritar y a retorcerse como loca.

Podía escuchar que le gritaba a un tal Tomás. Que la dejara en paz, que se largara de su vida, que se muriera. Todo lo hacía sola, hasta que se desmayó. Y ese fue el dichoso día que vino a aparecer Tomás.

Pasaron un par de meses, y podía ver en ella el deterioro de la enfermedad. No podía ni coger su cámara de lo débil que estaba. Estaba muy deprimida. Pero yo debía regresar al trabajo. Aún no entiendo por qué carajos decidí irme y dejarla sola. Como si José Hilario fuera a cuidarla por mí.

Esa noche quería invitarla a salir, a comer y tomar algo, y luego a caminar por la playa, mientras le cantaba canciones al oído. Me moría por llegar para sacarla, pues no habíamos hablado en todo el día, a excepción de una llamada que hizo en la mañana para decirme que me amaba.

Jamás podré perdonarme por haberla dejado sola el día que Tomás la mató. Porque de haber estado ahí, lo habría impedido y aun la tendría conmigo. Lo único que tengo de ella ahora es su recuerdo, sus fotos y su perro. En José Hilario encuentro toda esa depresión, esa alegría, esa melancolía de la vida, esa locura, esa emoción por las cosas pequeñas pero trascendentales... Ese amor por la vida tal y como era para ella, ni buena ni mala, sólo vida. Tendré que recrear esa esencia cada día de mi vida, hasta que me muera, con lo que me queda de ella...

... Y así todo el mundo sabrá que existió una mujer llamada Pía, una hija Pía, una hermana Pía, una novia Pía, que con su mirada profunda y sonrisa blanca hizo de su existencia un recuerdo agridulce para todos los que la conocimos.
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Yo, Tomás

Soy Tomás. Soy el novio de Pía. Llevamos ya como dos años y medio. La verdad no estamos muy pendientes de esas cosas; más bien, de vez en cuando, nos da por celebrar que estamos juntos y ya. Me encanta Pía. Siempre me ha encantado, incluso antes de conocerla. La veía todo el tiempo llegar a su casa, subir, bajar, caminar de un lado a otro, beber algo, fumarse un cigarro, tomar una foto, cargar a su perro, comer, desvestirse, rascarse la cabeza, bañarse, dormir, escribir, vestirse, cantar, ver televisión... Aparecer y desaparecer constantemente.

Siempre trataba de chocar “ocasionalmente” con ella cuando tenía la oportunidad, para poder conocernos sin que me viera como un acosador. Por eso, esa noche en que la vi caminando sola por la playa, decidí acercármele, ofrecerle una cerveza y hablar. Conversamos durante horas. Era la persona que me imaginaba, la que había creado en mi mente. La amé de inmediato. Justo cuando salía el sol decidimos ir a su casa a desayunar. Hicimos el amor toda la mañana, hasta quedarnos dormidos. Ya en la tarde me fui, prometiéndole volver a verla.

Desde entonces somos inseparables. Hacer el amor con Pía es como sentirse perdido en un bosque oscuro y frondoso, sin saber qué es lo que te espera y de repente te iluminás por un claro en el que la luz te calienta hasta las entrañas. Sus ruiditos, palabritas, rasguñitos, griticos, mordisquitos... Todo lo suyo hace que me excite más y más. Creo que me he vuelto adicto a ella, a su sexo y a su locura.

La amo de una manera tan intensa que soy capaz de matar por ella. Es sólo mía. Quiero estar junto a ella todo el tiempo, visitarla en sus sueños, comerme su espíritu, su esencia. Siempre estoy presente, así ella no me vea. Mi mente está con ella a donde quiera que vaya. Los únicos momentos en que no sé de ella es cuando le da por subirse al techo de su casa con José Hilario (no sé a qué) está con Gerónimo. Aunque siempre me habla de él. Me cuenta de sus canciones, de sus aburridas charlas, de su aburrido sexo. Conmigo todo es mejor; yo lo sé. Gerónimo no puede darle nada de lo que yo le doy. Lo nuestro es intenso, ardiente, eterno... Todo es acción. Soy yo quien le da sentido a su vida, quien le ayuda a romper la rutina que tiene con ese tarado. Necesito ayudarla a dejarlo; necesito que se vaya de su vida, de nuestra vida.

Lo detesto. Siento que cada vez que se ve con él, llega distinta, rara. Empieza a decir cosas que no tienen el más mínimo sentido, como que todos deberían darse amor, y que en el mundo solo tenía que haber paz. Eso no va a pasar. La gente se odia y en el mundo siempre habrá guerra. Eso me preocupa muchísimo, que ella piense que todo está bien y que puede confiar en todo el mundo, mientras que en realidad no es así. Pero es muy terca; cree que todo es color rosa. Quiero cuidarla, a como dé lugar, así tenga que romper unas cuantas caras, y hacerle entender a ella misma, así sea a la fuerza, cómo son las cosas y que debo protegerla.

Me encanta hacerla reír; me encanta verla feliz, pero por mí, no por el imbécil de Gerónimo. Amo sus dientes grandes y blancos, sus labios rosados templados, sus ojos negos chiquitos de tanto reírse. Amo que ría hasta llorar; amo esas lágrimas felices, porque las tomo y absorbo felicidad; ella me da felicidad. 

No me gusta cuando le da por deprimirse; es como si el mundo se le cayera encima: se asusta, le dan nervios, llora, tiembla, no come, duerme mucho, fuma y bebe mucho... Deja de cantar, de escribir, de tomar fotos... Cambia por completo. En algunas de esas ocasiones me toca usar la fuerza para sacarla de allí. No soporto que se ponga así. Me vuelve loco. Además empieza José Hilario a llorar todo desquiciado, y eso me desespera más. Me toca callarlo. No me gusta pelear con ella, ni con el perro. Pero a veces es necesario.  Una vez le dio por cortarse el pelo y casi la mato, pero luego me di cuenta de que se veía hermosa... Quiero que ella siempre esté feliz, corriendo por todas partes, haciéndome el amor todo el tiempo. A veces pienso que está medio loca, y me dan ganas de partirle la cabeza para que entienda o sacarle el corazón para ver si aprende a no sentirse así... Pero, quién sabe, tal vez el loco sea yo.
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Míos...







Aunque me gusta mucho ver la vida desde arriba, también me gusta verla al mismo nivel que los demás, tal y como es. Además, José Hilario necesita hacer un poco de ejercicio; es como si las orejas le pesaran todo el tiempo, y de la depresión no pudiera caminar. Por eso es que está tan gordo. De todos modos, creo que es bueno bajar de vez en cuando a untarse de la energía que tiene la gente.

Fue en una de esas noches que conocí a Tomás. Estaba caminando con José Hilario por la calle, viendo gente y tomándonos uno que otro trago. Decidimos ir a la playa a jugar un rato y a descansar, porque es que ese perro sí que es perezoso. En esas se me acercó un hombre. El pobre José Hilario que es todo nervioso y depresivo se metió qué susto y se escondió detrás de mí (ni siquiera es capaz de ladrar porque no le gusta). El man se me paró al lado y me empezó a hablar así, sin más, como si nos conociéramos de antes. Era blanco, de ojos oscuros, barba y pelo negro corto. Apenas lo vi me encantó. Tenía un cigarrillo en una mano y dos botellas de cerveza en la otra. Se sentó a mi lado y hablamos el resto de la noche. Me dijo que vivía muy cerca de mí, que siempre me veía y que cuando me vio caminando sola decidió ir a conocerme.


Estábamos hablando de que los dos somos fotógrafos y nos gusta el color negro, cuando empezó a salir el sol. Eran cerca de las 7:30 am. El pobre José Hilario temblaba de frío, dormido en mi regazo. Así que decidí invitar a mi nuevo y perfectamente coqueto amigo a tomar un café y comer huevos en mi casa. Después de desayunar, nos fumamos un par de cigarrillos y nos fuimos a mi cuarto. Allí pude conocer por dentro a este magnético hombre que lo único que despertó en mí ese día fue un placer inimaginable.
Era sábado, así que podíamos no hacer nada y dormimos el resto del día. Nos levantamos hacia las cinco de la tarde, comimos pizza y tomamos vino, quedamos de vernos de nuevo y nos despedimos. Fue así como conocí a mi sensual, inteligente y muy ardiente novio.

Con Tomás llevo como dos años y medio; la verdad no lo tenemos muy presente porque no nos importan mucho esas fechas, sólo nos gusta celebrar de vez en cuando que estamos juntos, que nos amamos y nos deseamos. Lo que más me gusta de él es que hace el amor muy rico, como si supiera qué es lo que quiero y disfruto exactamente cuando estamos en la cama; es candela, una fiera, me hace llegar a instancias que jamás hubiera imaginado... Me entiende y conoce a la perfección; logra sacar de mí ese lado erótico, exótico, ardiente, morboso y sensual que llevo adentro. Todo con Tomás es intenso, acelerado. Mi corazón late como loco cada vez que estamos juntos. Con él vivo la vida al máximo. Me excita

Claro que también está Gerónimo... a él lo conozco hace menos, pero también lo quiero. Llevamos más o menos seis o siente meses. Este hombre es todo lo que necesito para estar tranquila. Es calmado, inteligente, cariñoso, feliz... Es el complemento para la locura que vivo con Tomás. Es que como que estuve viviendo tanto tiempo tan intensamente, que sentí que necesitaba a alguien para compartir algunos momentos de paz y tranquilidad.

Lo conocí en un bar. Esa noche había peleado con Tomás. Decidí ir sola a caminar y me metí a escuchar un poco de reggae. Estaba tocando la guitarra cuando entré. Me senté en una de las mesas del frente y pedí una cerveza. Tenía una voz tan melodiosa y relajante que me dejé llevar por su música, por el azul de sus ojos, por su barba y pelo castaño emarañados. Una cerveza tras otra. El tiempo pasó y el hombre por fin bajó del escenario. Estaba guardando sus cosas y decidí acercármele. Le hablé. Me dijo que se llamaba Gerónimo, que era músico y que le gustaba el color blanco. Fue muy simpático, y aparentemente no tenía nada más que hacer porque me dijo que nos sentáramos en una mesa y hablamos el resto de la noche. Cuando ya era tarde y nos echaron del bar, nos fuimos a caminar por la playa a ver el amanecer. Nos reímos mucho. Intercambiamos números. Cuando ya salió el sol, cogió su guitarra y me acompañó hasta mi casa. Se despidió con un beso en la mejilla. Ése es Gerónimo en todo su esplendor: lindo, tierno, sensual. Se ha ganado mi corazón. Creo que con estos dos he conseguido el equilibrio perfecto.
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Mi Lugar...












Vivo en Las Rosas, un barrio en el Oeste de la ciudad. Es una zona muy cultural y tradicional. Hay muchos restaurantes y bares por todo el barrio, por eso, todo el tiempo hay gente deambulando por ahí: gente de aquí, de allá, artistas, gente joven, de todas partes; a conocer, a festejar, a pasar el rato, a dar un paseo por la playa, en fin... Cuando no quiero salir, me gusta ver todo eso desde mi casa.

Mi apartamento es el último piso de uno de los edificios más tradicionales de Las Rosas, y la terraza en el techo del edificio. Me gustan las alturas; siento que estoy más cerca del cielo, más que los demás, lejos del ruido, la contaminación y los prejuicios. Arriba en el techo soy sólo yo... y José Hilario. Es mi espacio, mi santuario. Allí voy cada noche que llego de trabajar, cada tarde en la que quiero ver al sol esconderse, cada vez que quiero meditar, escribir, beber, fumar... Bueno, no es que el edificio donde vivo sea muy alto, pero sí es lo suficiente como para sentir la libertad y la sensación de casi volar. Me gusta que sea clásico, tradicional, porque como que la propia estructura le da magia al lugar.
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¡Hola!































Antes era Raquel, pero apenas pude, decidí ser Pía porque casi nadie se llama así. Creo que todos somos diferentes y, ¿por qué no tener un nombre diferente?... Así se van a acordar de mí siempre, por lo menos por mi nombre. Quiero que el mundo sepa que aquí estuve yo, que aquí viví y morí... quiero ser la mamá Pía, la tía Pía, la abuela Pía...

Nací en Cali, cerca del mar, y soy la menor de tres hermanos.
Mi mamá se llama Raquel (desde ahí dejó de gustarme mi nombre), mi papá Joaquín, y se aman mucho. Y es que mi papá ama a todas las mujeres, y tiene mucho amor para darle a todas, pero mi mamá es la más importante. Llevan 31 años de casados y sigue contando... Hoy viven en Juanchaco, en el Pacífico colombiano. Comen mucho pescado con arroz con coco por allá.

Mi hermano mayor se llama Sergio, tiene barba y vive en Nueva York. Tiene una guitarra y se fue para allá a ver qué podía conseguir tocando su música con su grupo. Ahora tiene hasta alguien que los represente y los ayude a darse a conocer. Me gusta la música que hace.

Mi otro hermano se llama Matías, tiene la barba más larga que la de Sergio, parece un náufrago, y está de viaje por Asia. A él le gusta mucho viajar, como a mí, y ya lleva tres meses allá.



Luego sigo yo, la más pequeña. Vivo sola, en un apartamento con vista al mar. Siempre me ha gustado el mar, la playa, el sol, la brisa y el agua de coco. Pero no me gusta el de Juanchaco para vivir, tal vez para pasear. Me gusta más el de Cali, no es tan aburrido como el de mis papás. Ellos ya están mayores y prefieren lugares donde puedan descansar. En las playas de acá hay más cosas para hacer. Te podés relajar si querés, podés conocer gente, tomarte un trago y bailar al ritmo de la música que llega de todas partes.


Vivo con José Hilario, mi perro. Es un Basset Hound y tiene 2 años; son como 14 años de perro, aunque nunca he sabido bien cómo es eso de la edad en ellos. Me encanta el viejo José Hilario, con sus orejas largas, hasta el piso, con la cara caída, como con depresión. Te mira como diciéndote “prestame un cuchillo y me corto las venas ya”. Cada vez que lo veo me dan ganas de darle el cuchillo ese para que juegue con él. Pero me da miedo que se corte una patica o algo así. Por eso mejor le compré uno de mentiritas para que lo muerda y juegue a cortarse las venas. Le encanta el chicle de canela y el olor del eucalipto. Come mucho arroz con pollo y sólo puede tomar leche deslactosada. Cuando nos emborrachamos tomamos vodka o ron y jugamos toda la noche. Es mi mejor amigo, mi bebé.


Amo los atardeceres. Amo cómo el sol se esconde en el horizonte, entre las montañas, entre las casas. Amo ese sol anaranjado, rojo, amarillo, rosado que se funde ante mi vista. Creo que hace que todo sea más feliz, le cambia el color a la vida, como cuando le cambiás el filtro a una Lomo Colorsplash y le das a la foto el color que querés; en este caso, es uno rosado, naranja, lila... una cantidad de colores felices que hacen que te sintás feliz. Lo mejor para mí en esos momentos es subirme al techo de mi casa, con José Hilario, a tomar algo, a escribir un poco de todo, a fumar, a soñar, a ver cómo el viento acaricia los ringletes que tengo ahí pegados, haciendo que parezcan bolitas de colores; a esperar a que caiga la noche azul, también con su magia, su brisa...


Las noches en mi Cali son frescas, tranquilas, acompañadas por el sonido del mar, las olas, el viento. Desde el techo de mi casa podés ver el cielo más estrellado del mundo, podés tocar la luna, y hasta arrancarle un pedacito de queso y comértelo. Eso es lo que hacemos José Hilario y yo cuando nos vamos a beber vodka o ron o vino, o los tres a la vez. Nos embriagamos, hablamos, nos reímos y nos queremos. Disfrutamos de las noches azules del Calitrópico.
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